Ya he terminado la edición de los cuentos. Podéis leerla descargando el archivo pdf.
También tendré en clase un par de ediciones impresas.
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lunes, 14 de diciembre de 2015
domingo, 22 de noviembre de 2015
Marianela de Galdós
Como sabéis, esta segunda evaluación vamos a leer Marianela. Os dejo un enlace para aquellos que no consigáis el libro en papel:
http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor-din/marianela--0/html/
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sábado, 8 de agosto de 2015
Tema 2: El Realismo y el Naturalismo (4ºESO)
Tema 2: El Realismo y el Naturalismo
El Realismo
1. Características del movimiento (cuadro pág. 194).
2. La novela realista (pág. 196)
El Naturalismo
1. Características del movimiento (pág. 198).
AUTORES:
1. Benito Pérez Galdós. Características (cuadro amarillo pág.200). Evolución (cuadro pág.200). Obras: "Doña Perfecta", "Fortunata y Jacinta" y "Misericordia".
2. Leopoldo Alas "Clarín". Características (último párrafo pág. 202). Obra: "La Regenta".
COMENTARIO DE TEXTO DE ESTA UNIDAD: Galdós y Clarín
El Realismo
1. Características del movimiento (cuadro pág. 194).
2. La novela realista (pág. 196)
El Naturalismo
1. Características del movimiento (pág. 198).
AUTORES:
1. Benito Pérez Galdós. Características (cuadro amarillo pág.200). Evolución (cuadro pág.200). Obras: "Doña Perfecta", "Fortunata y Jacinta" y "Misericordia".
2. Leopoldo Alas "Clarín". Características (último párrafo pág. 202). Obra: "La Regenta".
COMENTARIO DE TEXTO DE ESTA UNIDAD: Galdós y Clarín
miércoles, 10 de diciembre de 2014
Textos realistas VI
Fragmento de Fortunata y Jacinta de Galdós
Iba Jacinta tan pensativa, que la bulla de la calle de Toledo no la distrajo de atención que a su propio interior prestaba. Los puestos a medio armar en toda la acera desde los portales a San Isidro, las baratijas, las panderetas, la loza ordinaria, las puntillas, el cobre de Alcaraz y los veinte mil cachivaches que aparecían dentro de aquellos nichos de mal clavadas tablas y de lienzos peor dispuestos, pasaban ante su vista sin determinar una apreciación exacta de lo que eran. Recibía tan sólo la imagen borrosa de los objetos diversos que iban pasando, y lo así porque era como si ella estuviese parada y la pintoresca vía se corriese delante de ella como un telón. En aquel telón había racimos de dátiles colgados de una percha, puntillas blancas que caían de un palo largo, en ondas, como los vástagos de una trepadora; pelmazos de higos pasados en bloques; turrón en trozos como sillares, que parecían acabados de traer de una cantera, aceitunas en barriles rezumados; una mujer puesta sobre una silla y delante de una jaula, mostrando dos pajarillos amaestrados. Y luego, montones de oro, naranjas de seretas y hacinadas en el arroyo. El suelo, intransitable, ponía obstáculos sin fin, pilas de cantaros y vasijas ante los pies del gentío presuroso, y la vibración de los adoquines al paso de los carros parece haber bailar a personas y cacharros. Hombres con sartas de pañuelos de diferentes colores se ponían delante del transeúnte como si fueran a capearlo. Mujeres chillonas taladraban el oído con pregones enfáticos acosando al público y poniéndole en la alternativa de comprar o morir. Jacinta veía las piezas de tela desenvueltas en ondas a lo largo de todas las paredes, percales azules, rojos y verdes, tendidos de puerta en puerta, y su mareada vista le exageraba las curvas de aquellas rúbricas de trapo. De ellas colgaban, prendidas con alfileres, toquillas de los colores vivos y elementales que agradan a los salvajes. En algunos huecos brillaba el anaranjado, que chilla como los ejes sin grasa; el bermellón nativo, que parece rasguñar los ojos; el carmín, que tiene la acides del vinagre; el cobalto, que infunde ideas de envenenamiento; el verde de panza de lagarto, y ese amarillo tila que tiene cierto aire de poesía mezclado con la tisis, como en la Traviatta.Las bocas de las tiendas, abiertas entre tanto colgajo, dejaban ver el interior de ellas tan abigarrado como la parte externa; los horteras, de bruces sobre el mostrador, o vareando telas, o charlando. Algunos braceaban, como si nadasen en un mar de pañuelos. El sentimiento pintoresco de aquellos tenderos se revela en todo. Si hay una columna en la tienda la revisten de corsés encarnados, negros y blancos, y con los refajos hacen graciosas combinaciones decorativas.
Iba Jacinta tan pensativa, que la bulla de la calle de Toledo no la distrajo de atención que a su propio interior prestaba. Los puestos a medio armar en toda la acera desde los portales a San Isidro, las baratijas, las panderetas, la loza ordinaria, las puntillas, el cobre de Alcaraz y los veinte mil cachivaches que aparecían dentro de aquellos nichos de mal clavadas tablas y de lienzos peor dispuestos, pasaban ante su vista sin determinar una apreciación exacta de lo que eran. Recibía tan sólo la imagen borrosa de los objetos diversos que iban pasando, y lo así porque era como si ella estuviese parada y la pintoresca vía se corriese delante de ella como un telón. En aquel telón había racimos de dátiles colgados de una percha, puntillas blancas que caían de un palo largo, en ondas, como los vástagos de una trepadora; pelmazos de higos pasados en bloques; turrón en trozos como sillares, que parecían acabados de traer de una cantera, aceitunas en barriles rezumados; una mujer puesta sobre una silla y delante de una jaula, mostrando dos pajarillos amaestrados. Y luego, montones de oro, naranjas de seretas y hacinadas en el arroyo. El suelo, intransitable, ponía obstáculos sin fin, pilas de cantaros y vasijas ante los pies del gentío presuroso, y la vibración de los adoquines al paso de los carros parece haber bailar a personas y cacharros. Hombres con sartas de pañuelos de diferentes colores se ponían delante del transeúnte como si fueran a capearlo. Mujeres chillonas taladraban el oído con pregones enfáticos acosando al público y poniéndole en la alternativa de comprar o morir. Jacinta veía las piezas de tela desenvueltas en ondas a lo largo de todas las paredes, percales azules, rojos y verdes, tendidos de puerta en puerta, y su mareada vista le exageraba las curvas de aquellas rúbricas de trapo. De ellas colgaban, prendidas con alfileres, toquillas de los colores vivos y elementales que agradan a los salvajes. En algunos huecos brillaba el anaranjado, que chilla como los ejes sin grasa; el bermellón nativo, que parece rasguñar los ojos; el carmín, que tiene la acides del vinagre; el cobalto, que infunde ideas de envenenamiento; el verde de panza de lagarto, y ese amarillo tila que tiene cierto aire de poesía mezclado con la tisis, como en la Traviatta.Las bocas de las tiendas, abiertas entre tanto colgajo, dejaban ver el interior de ellas tan abigarrado como la parte externa; los horteras, de bruces sobre el mostrador, o vareando telas, o charlando. Algunos braceaban, como si nadasen en un mar de pañuelos. El sentimiento pintoresco de aquellos tenderos se revela en todo. Si hay una columna en la tienda la revisten de corsés encarnados, negros y blancos, y con los refajos hacen graciosas combinaciones decorativas.
lunes, 8 de diciembre de 2014
Textos realistas V
Fragmento de Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
—Mire
usted, doña Lupe —dijo Torquemada, haciendo una perfecta o con los dedos pulgar e índice y enseñándosela a su interlocutora.
Doña Lupe contempló la o con veneración y escuchó:
—Mire usted, señora: estos
señoritos disolutos son buenos parroquianos, porque no reparan en el
materialismo del premio y del plazo; pero al fin la dan, y la dan gorda. Hay
que tener mucho ojo con ellos. Al principio, el embargo les asusta; pero como
lleguen a perder el punto una vez, lo mismo les da fu que fa. Aunque usted
les ponga en la publicidad de la Gaceta, se
quedan tan frescos. Vea usted al marquesito de Casa-Bojio; le embargué el mes
pasado; le vendí hasta la lámina en que tenía el árbol genealógico. Pues,
finalmente, a los tres días me lo vi en un faetón, como si tal cosa, y pasó por
junto a mí y las ruedas me salpicaron el barro de la calle... No es que me
importe el materialismo del barro; lo digo para que se vea lo que son... ¿Pues
creerá usted que encontró después quien le prestara? Ello fue al cuatro
mensual; pero aun al cinco sería, como quien dice, el todo por el todo. Verdad
que no molestan, y si a mano viene, cuando piden prórroga, por tenerle a uno
contento le dan un destinillo para un sobrino, como hizo el chico de Pez conmigo...;
pero el materialismo del destino no importa; a lo mejor la pegan y de canela
fina, créame usted. Por eso, ya puede venir ahora a tocar a esta puerta, que le
he de mandar a plantar cebollinos.
Al llegar aquí, Torquemada sacó
su sebosa petaca. Como tenía tanta confianza, iba a echar un cigarro; ofreció a
Maximiliano, y doña Lupe respondió bruscamente por él diciendo con desdén:
—Éste no fuma.
Las operaciones previas de la
fumada duraban un buen rato, porque Torquemada le variaba el papel al
cigarrillo. Después encendió el fósforo raspándolo en el muslo.
—Como seguro —prosiguió—, aunque
da mucho que hacer, el chico de la
tienda de ropas hechas de José María Vallejo. Allí me tiene todos los primeros
de mes, como un perro de presa... Mil duros me tiene allí, y no le cobro más
que 26 todos los meses. ¿Que se atrasa? «Hijo, yo tengo un gran compromiso y no
te puedo aguardar.» Cojo media docena de capas y me las llevo, y tan fresco...
Y no lo hago por el materialismo de las capas, sino para que mire bien el
plazo. Si no hay más remedio, señora. Es menester tratarlos así, porque no
guardan consideración.
…………………………………………………………………………………………….
—Y con esta fecha y con esta
facha me voy —dijo levantándose y colgándose la capa, que se le caía del hombro
izquierdo.
—¿Tan
pronto?
—Señora, que no he oído misa. Lo
que le decía a usted; estaba vistiéndome para salir a oírla, cuando entró
Joaquinito a darme la gran peripecia.
—¡Buena ha sido, buena! —exclamó
doña Lupe, oprimiendo contra su seno la mano en que tenía los billetes, tan
bien cogidos que no se veía el papel por entre los dedos.
—Quédate con Dios —dijo Torquemada
a Maximiliano, que sólo contestó al saludo con un «ju ju» ...
Y salió al recibimiento,
acompañado de doña Lupe. Maximiliano los sintió cuchicheando en la puerta. Por
fin se oyeron las botas chillonas del ex alabardero bajando la escalera, y doña
Lupe reapareció en el gabinete. El júbilo que le causaba la cobranza de aquel
dinero que creía perdido era tan grande, que sus ojos pardos le lucían como dos
carbones encendidos, y su boca traía bosquejada una sonrisa. Desde que la vio
entrar, conoció Maximiliano que su cólera se había aplacado. El guano, como decía Torquemada, no podía
menos de dulcificarla; y llegándose a donde estaba el delincuente, que no se
había movido de la butaca, le puso una mano en el hombro, empuñando fuertemente
en la otra los billetes, y le dijo:
—No, no te sofoques..., no es
para tomarlo así. Yo te digo estas cosas por tu bien...
—Yo, realmente —repuso
Maximiliano con serenidad, que más le asombró a él mismo que a doña Lupe—, no
me he sofocado... ; yo estoy tranquilo, porque mi conciencia ...
Aquí se volvió a embarullar.
Doña Lupe no le dio tiempo a desenvolverse, porque se metió en la alcoba,
cerrando las vidrieras. Desde el gabinete la sintió Maximiliano trasteando.
Guardaba el dinero. Abriendo después la puerta, mas sin salir de la alcoba, la
señora siguió hablando con su sobrino:
—Ya sabes lo que te he dicho.
Hoy no me sales a la calle... y desde mañana empezarás a tomarte el aceite de
hígado de bacalao, porque todo eso que te da no es más que debilidad del
cerebro... Luego seguiremos con el fosfato, otra vez con el fosfato. No debiste
dejar de tomarlo...
Maximiliano, como no tenía
delante a su tía, se permitió una sonrisa burlona.
Miraba en aquel momento a su
tío, el señor de Jáuregui, que le miraba también, a él, como es consiguiente.
No pudo menos de observar que el digno esposo de su tía era horrendo; ni
comprendía cómo doña Lupe no se moría de miedo cuando se quedaba sola, de
noche, en compañía de semejante espantajo.
—Conque ya sabes —dijo al
aparecer en la puerta, abrochándose su cuerpo de merino negro, pues se estaba
disponiendo para salir—. Ya puedes ir a quitarte las botas. Estás preso.
Fuese el joven a su cuarto sin
decir nada, y doña Lupe se quedó pensando en dócil que era. El rigor de su
autoridad, que el muchacho acataba siempre con veneración, sería remedio eficaz
y pronto del desorden de aquella cabeza. Bien lo decía ella: «En cuanto yo le
doy cuatro gritos le pongo como una liebre. Trabajo les mando a esas lobas que
me lo quieran trastornar.»
—¡Papitos!...
—gritó la señora y al punto se oyeron las patadas de la chica
en el pasillo como las de un caballo en el hipódromo.
Presentóse con una patata en la
mano y el cuchillo en la otra.
—Mira —le dijo su ama con voz
queda—. Ten cuidado de ver lo que hace el señorito Maxi mientras yo estoy
fuera. A ver si escribe alguna carta o qué hace.
La mona se dio por enterada, y
volvió a la cocina dando brincos.
«A ver —dijo la señora hablando
consigo misma—, ¿se me olvidará algo?... ¡Ah!, el portamonedas. ¿Qué hay que
traer?... Fideos, azúcar... y nada más. ¡Ah!, el aceite de hígado de bacalao;
lo que es eso no se lo perdono. A cucharetazos es como se cura esto. Y ahora no
habrá el realito de vellón por cada toma. Ya es un hombre; quiero decir, ya no
es un chiquillo.»
Figúrese el lector cuál sería el
asombro de doña Lupe la de los Pavos cuando
vio entrar en la sala a su sobrino, no con zapatillas ni en tren de andar por
casa, sino empaquetado para salir, con su capa de vueltas encarnadas, su chaquet azul y su honguito de color de
café. Tan estupefacta y colérica estaba por la desobediencia del mancebo, que
apenas pudo balbucir una protesta...
—Pero... , pero...
—Tía —dijo Maximiliano con la
voz alterada y temblorosa—, no que..., no puedo obedecer a usted... Soy mayor
de edad. He cumplido veinticinco años... Yo la respeto a usted; respéteme usted
a mí.
Y sin esperar respuesta, dio
media vuelta y salió de la casa a toda prisa, temiendo, sin duda, que su tía le
agarrase por los faldones.
Bien claro explicaba él su conducta,
chismorreando consigo mismo: «Yo no sé defenderme con palabras: yo no puedo
hablar, y me aturullo y me turbo sólo de que mi tía me mire; pero me defenderé
con hechos. Mis nervios me venden; pero mi voluntad podrá más que mis nervios,
y lo que es la voluntad, bien firme la tengo ahora. Que se metan conmigo; que
venga todo el género humano a impedirme esta resolución; yo no discutiré, yo
no diré una palabra; pero a donde voy, voy, y al que se me ponga por delante,
sea quien sea, le piso y sigo mi camino.»
Textos realistas IV
Fragmento de Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós
Juanito reconoció el
número II en la puerta de una tienda de aves y huevos […] Portal y tienda eran
una misma cosa en aquel edificio característico del Madrid primitivo. […] A la
izquierda de la entrada vio el Delfín cajones llenos de huevos, acopio de aquel
comercio. […] A la derecha, en la prolongación de aquella cuadra lóbrega, un
sicario manchado de sangre daba garrote a las aves. Retorcía los pescuezos con
esa presteza y donaire que da el hábito, y apenas soltaba una víctima y la
entrega agonizante a las desplumadoras, cogía otra para hacerle la misma
caricia. Jaulones enormes había por todas partes, llenos de pollos y gallos,
los cuales asomaban la cabeza roja por entre las cañas, sedientos y fatigados,
para respirar un poco de aire, y aun allí los infelices presos se dan de
picotazos […].
Habiendo apreciado este
espectáculo poco grato, el olor de corral que allí había, y el ruido de alas,
picotazos y cacareo de tanta víctima, Juanito la emprendió con los famosos
peldaños de granito, negros ya y gastados. Efectivamente, parecía la subida a
un castillo o prisión de Estado. El paramento era de fábrica cubierta de yeso y
éste de rayas e inscripciones soeces o tontas. Por la parte más próxima a la
calle, fuertes rejas de hierro completaban el aspecto feudal del edificio. Al
pasar junto a la puerta de una de las habitaciones del entresuelo, Juanito la
vio abierta y, lo que es natural, miró hacia dentro […]. Pensó no ver nada y
vio algo que de pronto le impresionó, una mujer bonita, joven, alta… […] La
moza tenía pañuelo azul claro por la cabeza y un mantón sobre los hombros, y en
el momento de ver al Delfín, se in ó con él, quiero decir, que hizo ese
característico arqueo de brazos y alzamiento de hombros con que las madrileñas
del pueblo se agasajan dentro del mantón, movimiento que les da cierta
semejanza con una gallina que esponja su plumaje y se ahueca para volver luego
a su volumen natural.
Juanito no pecaba de
corto, y al ver a la chica y observar lo linda que era y lo bien calzada que
estaba, diéronle ganas de tomarse con confianzas con ella.
—¿Vive aquí —le
preguntó— el Sr. de Estupiñá?
—¿D. Plácido?… en lo
más último de arriba —contestó la joven, dando algunos pasos hacia fuera.
Y Juanito […] advirtió
que la muchacha sacaba del mantón una mano con mitón encarnado y que se la
llevaba a la boca. La confianza se desbordaba del pecho del joven Santa Cruz, y
no pudo menos de decir:
—¿Qué come usted,
criatura?
—¿No lo ve usted?
—replicó mostrándoselo—. Un huevo.
—¡Un huevo crudo!
Con mucho donaire, la
muchacha se llevó a la boca por segunda vez el huevo roto y se atizó otro
sorbo.
—No sé cómo puede usted
comer esas babas crudas —dijo Santa Cruz, no hallando mejor modo de trabar
conversación.
—Mejor que guisadas.
¿Quiere usted? —replicó ella ofreciendo al Delfín lo que en el cascarón
quedaba. Por entre los dedos de la chica
se escurrían aquellas babas gelatinosas y transparentes. Tuvo tentaciones
Juanito de aceptar la oferta; pero no: le repugnaban los huevos crudos.
—No, gracias.
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